sábado, 24 de noviembre de 2007

2007-10-15 - Ensayo sobre la Lectura (basado en el texto Sobre la lectura, de Marcel Proust)

Desde nuestra infancia, la literatura ha servido de conexión con un mundo inmaterial al que sólo tenemos acceso a través de la lectura. Este vínculo con la memoria colectiva nos permite conocer desde leyendas y mitos de todas las civilizaciones hasta los pensamientos recónditos de asesinos y otros truhanes. Al iniciar las primeras palabras de un libro, nos vamos transportando a los paisajes que nos relatan hasta estar lado a lado con los protagonistas, cuyas historias, dudas, sensaciones y miedos se hacen uno con los nuestros, hasta sentirlos casi dentro de nosotros. Es por esto que las obras de algunos autores marcan un antes y después en nuestras vidas.

En mi vida he sentido una fascinación, casi enfermiza, por la historia detrás de la Segunda Guerra Mundial, quizás porque mi padre sufrió tanto por ella o porque su historia remueve un conjunto de sentimientos de ira, tristeza y decepción de la raza humana y su capacidad de autodestrucción. La vida de Adolf Hitler y su subida al poder, su vida privada y su muerte ha hechizado a múltiples exponentes de todas las artes, haciendo de su memoria el centro de múltiples películas y libros. En particular he leído dos obras que permanecen en mí como recuerdo de lo que debemos luchar por superar y ejemplo a seguir, en el caso de las historias de los sobrevivientes. La primera se titula Sin nombre (y le viene muy bien su título, ya que no he encontrado más referencias de su existencia que el dueño del mismo) y corresponde a la relato de una sobreviviente quien, con su familia, sufrió las vicisitudes de Auschwitz. En ella, te cuenta minuto a minuto sus acciones, dejaciones y los maltratos sufridos y cómo fueron capaces de soportarlo algunos, mientras que otros se quebraban tarde o temprano.

La segunda, Los niños de Hitler de Guido Knopp, explica el desarrollo y fin de las Juventudes Hitlerianas y cómo fueron seducidos por ideales de pureza, autonomía y poder, dándoles las herramientas para convertir niños de 10 años en carne de cañón de una guerra sin el menor sentido de humanidad. Pero la prueba del temple en este texto es el capítulo sobre el fin de la guerra, porque no sólo muestra la decepción de miles de soldados ante la consabida pérdida, si no la fe ciega de miles de niños que nacieron bajo ese régimen y cuya vida se basaba en tener la oportunidad de decir Heil Hitler frente a su máximo líder, luego de cumplir alguna misión.

A través de estas lecturas, me trasladé a la infancia de mi padre, abuelos y tíos, a la infancia de millones que no sólo vivieron la Segunda Guerra Mundial como víctimas judías, si no como aquellos cegados por la esperanza de surgir, de limpiar su vida y de darle un sentido a la lucha. Como si continuar la lucha no fuera una misión suicida si no un culto a un Dios humano, su líder.